Jane Eyre

Jane Eyre

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Tampoco podía evitar sentir cierta atracción por las desiertas orillas de Laponia, Siberia, Spitzberg, Nueva Zembla, Islandia y Groenlandia; «las vastas zonas que conforman el Ártico y otras regiones abandonadas, reservas perennes de nieve, donde los firmes campos de hielo, producto de siglos de temperaturas invernales, han ido creciendo hasta convertirse en montañas; ahora rodean el Polo Norte donde se concentran los rigores que provoca el frío más extremo». Yo me había formado una idea propia de esos reinos de blancura mortal; una imagen confusa, como suelen serlo las nociones solo entendidas a medias que flotan por el cerebro de los niños, pero singularmente impresionante. Las palabras de estas páginas introductorias concordaban con las ilustraciones y daban sentido a esa roca que se alzaba sola en un mar de olas y espuma, a los restos de una barca varada en una costa solitaria, a esa luna fría y cruel que observaba entre las nubes los despojos del naufragio.

No puedo explicar el sentimiento que despertaba en mí la imagen del cementerio abandonado, con su lápida inscrita; la puerta, los dos árboles; el horizonte bajo, rodeado por un muro roto e iluminado por una luna en cuarto creciente que atestiguaba la hora de la marea.



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