Jane Eyre

Jane Eyre

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Imaginaba que los dos barcos detenidos en un mar tranquilo eran fantasmas marinos. El miedo me hizo pasar rápidamente la página en la que aparecía un diablo cargado con el botín de un robo, así como aquella que mostraba a un ser negro y provisto de cuernos, sentado en una roca y vigilando a la multitud que se había congregado alrededor de un patíbulo.

Cada dibujo explicaba una historia, a menudo enigmática dada mi limitada capacidad de comprensión y mis infundados temores, aunque siempre de gran interés; tan emocionante como los relatos que Bessie explicaba a veces en las tardes de invierno, cuando estaba de buen humor y nos permitía sentarnos a observarla mientras planchaba los encajes de la señora Reed y rizaba los gorros de dormir. Alimentaba nuestra ávida imaginación con historias de amor y aventuras sacados de los antiguos cuentos de hadas y de viejas baladas, o (como descubriría más adelante) de las páginas de «Pamela» y de «Henry, conde de Moreland».

Con Bewick sobre las rodillas, yo me sentía feliz —a mi manera, por supuesto— y lo único que temía era que alguien pusiera fin a esos momentos de tranquilidad, algo que no tardó en suceder. La puerta del comedor se abrió de repente dando paso a John Reed.

—¡Eh! ¡Doña Fregona! —gritó. Se quedó en silencio al creer que la habitación estaba vacía.


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