Jane Eyre
Jane Eyre En la plegaria que siguió a ese capítulo, hizo acopio de toda su energía y desplegó toda su pasión: luchaba con esfuerzos denodados, resuelto a vencer en la batalla desde el bando divino. Suplicó fuerza para los débiles de corazón; guía para las ovejas que se apartan del rebaño; el retorno, aunque fuera en la undécima hora, para aquellos a quienes las tentaciones mundanas de la carne les apartaban del estrecho camino de la virtud. Pidió, exigió, clamó por el don de un ascua perdonada del fuego. El fervor siempre resulta solemne: ya me había sorprendido su intensidad al principio de la plegaria y luego, cuando prosiguió con mayor ardor, consiguió conmover hasta el último rincón de mi espíritu. Sus propósitos rezumaban tanta bondad y franqueza que aquellos que le escuchaban no podían evitar sentirse contagiados de su energía.
Acabada la oración, nos despedimos de él. Tenía que partir a una hora muy temprana. Diana y Mary abandonaron la sala después de darle un beso, en complicidad con alguna señal que él les dio. Yo le tendí la mano y le deseé un buen viaje.