Jane Eyre
Jane Eyre Al decir las últimas palabras apoyó la mano en mi frente. Había hablado con vehemencia y dulzura, pero su mirada no era la del amante que observa a su amada, sino la de un pastor que recoge a la oveja descarriada, o la del ángel guardián que contempla el alma de la que es responsable. Solo es necesario que un hombre con talento sea sincero a la vez para que tenga momentos sublimes; puede tratarse de un fanático, de un idealista o de un tirano, pero en esos momentos es capaz de dominar y controlarte. Yo veneraba a Saint John, sentía por él una admiración tan intensa que su ímpetu me condujo exactamente al lugar que había intentado evitar. Estaba tentada de abandonar la lucha, de dejarme llevar por esa determinación torrencial, que se empeñaba en arrastrarme hasta el centro mismo de su existencia, aunque eso significara dejar la mía en el camino. Ya había soportado antes un asedio, de otro carácter y más débil que el presente. Ambas veces fui una tonta. Haber cedido entonces habría sido un error de principios; rendirme ahora habría sido una insensatez. Cuando recuerdo esta crisis desde la perspectiva que concede el tiempo no me cabe duda alguna, pero en ese instante estaba loca de inconsciencia.