Jane Eyre
Jane Eyre Me mantuve inmóvil bajo el tacto de su mano. Mis rechazos estaban olvidados, mis miedos superados, mi lucha paralizada. Lo imposible —es decir, el matrimonio con Saint John— se estaba transformando rápidamente en plausible. Todo cambiaba de repente. La religión me llamaba, los ángeles me saludaban, Dios me ordenaba… La vida se desparramaba ante mà como un pergamino y las puertas de la muerte se abrÃan, mostrándome la eternidad del más allá. Creà que para encontrar ahà la felicidad era necesario sacrificar toda la vida en la tierra. La oscura sala se llenó de visiones.
—¿Puedes decidirte ahora mismo? —me preguntó el misionero.
Su tono era delicado y me acercó a él con la misma dulzura. ¡Oh, la gentileza, qué potente es en comparación con la fuerza! Yo, que era capaz de resistir el enojo de Saint John, me doblaba como un junco ante su amabilidad. Sin embargo, sabÃa que, si cedÃa ahora, algún dÃa me arrepentirÃa de esta decisión. Su naturaleza no habÃa cambiado en una hora de plegaria: solo se habÃa sublimado.
—Si estuviera segura de que es la voluntad de Dios que nos unamos en matrimonio —respond×, me casarÃa contigo aquà y ahora sin preocuparme de lo que pudiera venir después.
—Mis oraciones han sido escuchadas —gritó Saint John.