Jane Eyre
Jane Eyre Mientras se cumplía esta orden, la recién llegada recorrió la sala muy despacio. Supongo que poseo una cierta tendencia a la admiración, ya que aún recuerdo la veneración con que seguí sus pasos con la mirada: vista a la luz del día, la dama era alta, rubia y de buena figura; sus ojos castaños tenían un aire benévolo y las largas pestañas oscurecían la blancura de su frente. Llevaba el cabello peinado en dos moños, uno a cada lado, de acuerdo con la moda de la época (no se llevaba ni el pelo liso ni los bucles largos). Su vestido era de color violeta, también en boga esos días, y sobre él resaltaba una faja delgada de terciopelo negro, adornada con un reloj dorado (algo no muy habitual en aquellos días). Si añadimos a la descripción unos delicados rasgos, el cutis muy claro y el porte de una gran dama, el lector podrá hacerse una idea del aspecto de la señorita Temple: Maria Temple era el nombre completo que constaba en el libro de oraciones que alguien me confió para que llevara a la iglesia.