Jane Eyre
Jane Eyre «El viaje ha terminado», me dije a mí misma. Salí del coche, dejé el baúl al cuidado del posadero hasta que mandara por ella; pagué el viaje, di una propina al cochero y partí. El sol centelleó sobre el cartel de la posada y en él leí en letras doradas «The Rochester Arms». El corazón me dio un vuelco: ¡estaba en las tierras de mi señor! Pero un pensamiento amargo lo sobresaltó de nuevo: «A juzgar por lo que sabes, tu señor bien podría estar al otro lado del canal. Y, en el caso de que siguiera residiendo en Thornfield Hall, el lugar hacia el que corres, ¿quién más está con él? ¿Te olvidas de su esposa loca? No tienes nada que hacer allí: ni siquiera te atreverás a hablarle ni a presentarte en su presencia. Has perdido el juicio. Sería mejor que volvieras atrás», exigía la prudencia. «Pide información a la gente de la posada: ellos podrán resolver todas tus dudas. Vuelve y pregúntale a ese hombre si el señor Rochester está en casa.»