Jane Eyre
Jane Eyre Era un viaje de treinta y seis horas. Había salido de Whitcross un martes por la tarde; en la madrugada del jueves el coche se detuvo a abrevar a los caballos en una posada del camino, rodeada de vallas verdes y ubicada en medio de un paisaje bucólico de campos y colinas bajas (¡tan suave y verde si lo comparamos con los ariscos páramos de Morton!) que enseguida me resultaron familiares. Sí, conocía los trazos de ese entorno: estaba segura de que la meta no quedaba lejos.
—¿A qué distancia se encuentra Thornfield Hall? —pregunté al posadero.
—A no más de tres kilómetros, campo a través.