Jane Eyre
Jane Eyre Un enamorado encuentra a su amada dormida sobre un lecho de musgo, y desea observar su hermoso rostro sin despertarla. Por tanto, se desliza con suavidad sobre la hierba con el mayor cuidado. Se detiene al advertir en ella un leve movimiento, y retrocede, pues por nada del mundo querrÃa ser visto. Todo se mantiene en silencio, asà que avanza de nuevo. Se inclina sobre ella. Un delicado velo le cubre los rasgos. Él lo retira y se acerca aún más al rostro dormido, mientras sus ojos ya anticipan el gozo que les provocará la visión de esa belleza en reposo, cálida y hechicera. ¡Qué rápida fue la primera mirada! Pero ahora se fija mejor, la observa con atención y… ¡Horror! ¡Con qué vehemencia estrecha con ambos brazos aquel cuerpo que solo un minuto antes no se habrÃa atrevido ni a rozar con un dedo! ¡Con qué furia clama su nombre, y sacude aquel cuerpo inerte, contemplándolo con la mirada enajenada! La abraza entre sollozos, y la mira sin temor a despertarla. Ella está más allá de la turbación… Pensó que su amor dormÃa plácidamente, pero ahora sabe que está muerta.
Yo miré hacia la imponente mansión con una mezcla de timidez y alegrÃa. Lo que vi fue una negra ruina.