Jane Eyre

Jane Eyre

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Al deambular entre los muros caídos y cruzar hacia el devastado interior, me di cuenta de que la catástrofe no era reciente. Pensé que la nieve se había deslizado por aquel arco vacío y que las lluvias del invierno habían penetrado sin piedad por los huecos de las ventanas, ya que la primavera había traído consigo olas de vegetación que se advertían entre las ruinas: la hierba y los arbustos crecían por doquier, entre las piedras rotas y los fragmentos de vigas partidas. ¿Y dónde se encontraba el desgraciado propietario de este desastre? ¿En qué tierra? ¿Bajo qué auspicios? Mis ojos buscaron sin querer la torre de la iglesia que había junto a la verja y me pregunté si estaría en ese momento acompañando a Damer de Rochester, compartiendo con él el refugio de una estrecha casa de mármol.

Debía dar respuesta a estas preguntas, y el único lugar donde podía buscarla era en la posada. Por tanto, volví a su puerta. El propio posadero me sirvió el desayuno en el comedor. Le pedí que cerrara la puerta y que se sentara frente a mí porque tenía que formularle algunas preguntas. Pero, cuando me obedeció, apenas sabía cómo empezar, tal era el miedo que me provocaban las posibles respuestas. Y sin embargo, el desolado espectáculo que acababa de presenciar me había preparado en cierta medida para enfrentarme a un relato terrible. El posadero era un hombre de mediana edad y aspecto respetable.


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