Jane Eyre

Jane Eyre

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Me asaltó el temor de tener que escuchar el relato de mi propia historia, y me esforcé por volver al tema que me interesaba.

—¿Y fue la dama…?

—¡La dama, señora, resultó ser la esposa del señor Rochester! La verdad salió a la luz en las más extrañas circunstancias. Había en la casa una joven, una institutriz de la que el señor Rochester se…

—Pero, ¿y el fuego? —interrumpí.

—Ya llegaré a ese punto, señora. De la que el señor Rochester se enamoró, iba a decir. Los criados dicen que nunca habían visto a nadie tan prendado como él: nunca la perdía de vista. Solían observarle… Ya sabe cómo son los criados. El señor no tenía ojos para nadie más, y eso que al parecer él era el único que la encontraba guapa. Dicen que era una de esas chicas de complexión menuda, parecida a una niña. Lo cierto es que yo nunca la vi en persona, pero Leah, la doncella, me ha hablado de ella. A Leah le caía muy bien. El señor Rochester rondaba los cuarenta años y la chica aún no había cumplido los veinte. Y ya se sabe: cuando los caballeros de cierta edad se encaprichan de chicas tan jóvenes a menudo actúan como si les hubieran embrujado. Pues bien, él le propuso matrimonio.


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