Jane Eyre

Jane Eyre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—¡Ha dado en la diana, señora! Yo diría que fue solo ella la que prendió el fuego. Había una mujer encargada de vigilarla, una tal señora Poole. Era una guardiana capaz y se podía confiar en ella, pero tenía un defecto que al parecer suele darse en las enfermeras y matronas: le gustaba darle a la bebida y guardaba una botella de ginebra en su habitación. Es algo que se puede perdonar, dada la clase de vida que llevaba, pero que se reveló un hábito muy peligroso. Cuando la señora Poole dormía bajo los efectos de la ginebra, la loca, que era astuta como una bruja, le cogía las llaves del bolsillo, salía de su cubil y se dedicaba a recorrer la casa y a cometer cualquier tipo de fechoría que se le ocurriera. Dicen que ya estuvo a punto de quemar a su marido en su propia cama en otra ocasión, pero yo no estoy seguro de ello. Aquella noche prendió fuego a las cortinas de la habitación contigua a la suya, y luego descendió al piso inferior hasta la estancia que había ocupado la institutriz (fue como si supiera de algún modo lo que había pasado y deseara vengarse), e incendió su cama. Afortunadamente, nadie dormía en ella. La institutriz había huido dos meses antes, y por mucho empeño que el señor Rochester puso en recuperar lo más precioso que tenía en el mundo, nada supo de ella. La tristeza le convirtió en un ser intratable: nunca fue un hombre amable, pero después de que ella se fuera se volvió peligroso. Deseaba estar solo. Mandó al ama de llaves, la señora Fairfax, a vivir con unos parientes, pero lo hizo con elegancia: estableció para ella una cantidad de dinero anual. La buena mujer lo merecía. La señorita Adèle, una niña que estaba a cargo del señor, fue enviada a la escuela. De modo que él rompió todo contacto con los suyos y se encerró en la casa como un ermitaño.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker