Jane Eyre

Jane Eyre

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—Debe comunicarme su nombre y el motivo de su visita —replicó, y empezó a llenar un vaso de agua. Luego lo puso sobre una bandeja al lado de unas velas.

—¿Para eso te llamó? —pregunté.

—Sí. Siempre pide velas al atardecer, aunque de poco le sirven.

—Dame la bandeja. Yo la llevaré.

La tomé de sus manos y ella me señaló cuál era la puerta del salón. El temblor de mis manos sacudió la bandeja y derramó el agua. Mi corazón parecía a punto de reventar. Mary abrió la puerta, me cedió el paso y se fue.

El salón estaba oscuro: apenas unas ascuas ardían en la chimenea. Inclinado sobre ellas, con la cabeza apoyada en la antigua y envejecida chimenea, se hallaba el dueño de la casa. El viejo perro, Pilot, yacía a un lado hecho un ovillo, como si deseara dejar el camino libre a su amo o temiera ser pisado por este. Cuando entré, Pilot levantó las orejas; dio un brinco y corrió hacia mí, con tanto entusiasmo que casi me hizo soltar la bandeja. Conseguí depositarla sobre la mesa, le acaricié y dije con dulzura, «¡Siéntate!». El señor Rochester reaccionó al ruido girándose hacia la puerta, pero, al no ver nada, suspiró y nos dio la espalda.

—Tráeme el agua, Mary —pidió.

Me acerqué a él con el vaso, ya medio vacío. Pilot me siguió, aún nervioso.


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