Jane Eyre

Jane Eyre

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Entonces me acerqué y llamé. La mujer de John me abrió enseguida.

—¿Cómo estás, Mary?

Retrocedió como si estuviera delante de un fantasma. La calmé, respondiendo a su apresurado «¿Es usted de veras, señorita Eyre, quien aparece en este solitario paraje a estas horas?» con un firme apretón de manos, y la seguí hasta la cocina; ahí estaba John, sentado frente al fuego. En pocas palabras, les expliqué que me había enterado de los eventos acaecidos en Thornfield desde mi partida y que había venido a ver al señor Rochester. Pedí a John que bajara a la caseta a pie de carretera donde había despedido al vehículo y trajera a casa el baúl que había dejado allí. Después, mientras me quitaba el chal y el sombrero, pregunté a Mary si había alguna habitación libre para pasar la noche en ella. No era fácil disponerlo todo a esas horas, pero tampoco era imposible, así que le informé de mi decisión de quedarme. Justo en ese instante sonó la campanilla del salón.

—Cuando entres, dile al señor que hay una persona en la casa que desea verle, pero no le des mi nombre.

—No creo que quiera recibir a nadie —respondió Mary—. Se aparta de todo el mundo.

Cuando regresó, le pregunté qué le había contestado.


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