Jane Eyre
Jane Eyre ¿Acaso crees, lector, que esa ferocidad contenida me asustó? Si es así, es que me conoces poco. La pena se diluyó en la esperanza de besar pronto esa frente de piedra y esos labios férreamente sellados. Pero no era el momento. Aún no quería acercarme a él.
Bajó el escalón y avanzó lentamente, a tientas, hacia la pradera. ¿Dónde estaba ahora su paso enérgico y retador? Se detuvo, como si no supiera hacia dónde dirigirse. Alzó la cabeza y abrió los párpados: con un gran esfuerzo, los elevó hacia el cielo y luego hacia el anfiteatro de árboles. Era evidente que para él no había más que tinieblas. Estiró la mano derecha (llevaba el brazo izquierdo, el mutilado, pegado al pecho), como si quisiera adivinar por el tacto lo que tenía alrededor. Pero solo tocó el vacío: los árboles estaban demasiado lejos. Persistió en el empeño, pero finalmente dobló los brazos y permaneció inmóvil y en silencio, soportando la lluvia que no cesaba de caer sobre su cabeza. En ese momento, John salió en su busca.
—Apóyese en mi brazo, señor —le dijo—, se acerca un chaparrón. ¿No cree que es mejor que entre en casa?
—Déjame solo —fue la respuesta.
John se retiró sin haber advertido mi presencia. El señor Rochester intentó pasear: fue en vano, la incertidumbre le cercaba. Volvió hacia la casa con paso vacilante, entró y cerró la puerta tras él.