Jane Eyre

Jane Eyre

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Se hundió de nuevo en las aguas de la pesadumbre. En cambio, yo sentí como un coraje alegre se apoderaba de mí: sus últimas palabras me habían mostrado dónde estaba el obstáculo, y la comprobación de que este no tenía nada que ver conmigo alivió mi preocupación. Asumí entonces un aire más ligero.

—Ya es hora de que alguien emprenda la tarea de devolverle la humanidad —dije, separando los gruesos y largos mechones que le cubrían la frente—: veo que se está convirtiendo en un león o en algo parecido. Debo admitir que me recuerda a Nabucodonosor en el campo de batalla: su cabello me hace pensar en las plumas de las águilas. No sé si sus uñas se han convertido también en garras. Aún no he podido fijarme.

—No tengo mano ni uñas en este brazo —dijo, mostrándome su brazo mutilado—. ¿No crees que se trata de una visión horrenda?

—Creo que es una lástima ver este brazo, y también sus ojos, y la cicatriz que el fuego le dejó sobre la frente. Y lo peor de todo es el riesgo que corro de amarle demasiado por todo esto, de agobiarlo con mis cuidados.

—Pensé que la visión de lo que quedaba de mí te repugnaría, Jane.


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