Jane Eyre
Jane Eyre —No, no. Jane, no te vayas. No… Ahora que te he tocado, que te he oÃdo, que he sentido el calor que emana de tu presencia y la dulzura de tu consuelo, ya no puedo renunciar a tantas alegrÃas. A mà ya me quedan pocas: te necesito. Que se rÃa el mundo, que me llamen egoÃsta y ridÃculo, poco me importa. Mi alma te reclama y he de satisfacerla o sufrir en mi cuerpo su venganza.
—Señor, ya le he dicho que me quedaré con usted.
—SÃ, pero por quedarte conmigo tú entiendes una cosa y yo otra. Tal vez estés pensando en permanecer a mi lado como una amable enfermera (ya que dada tu naturaleza generosa y cálida tiendes a sacrificarte por aquellos a quien compadeces), y eso deberÃa ser suficiente para mÃ. Supongo que los únicos sentimientos que puedo permitirme hacia ti son los propios de un padre, ¿no es asÃ, Jane? Contéstame.
—Lo que usted quiera, señor. Estaré contenta de ser solo su enfermera, si cree que es lo mejor.
—Pero no puedes pasarte la vida siendo mi enfermera, Jane. Eres joven: debes casarte.
—El matrimonio me trae sin cuidado, señor.
—¡Pues no deberÃa ser asÃ, Jane! Si yo fuera el mismo de antaño, ya me ocuparÃa de ello. Pero, ahora, ¡un tronco ciego!