Jane Eyre

Jane Eyre

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—Sin ninguna duda. A menos que tenga algo que objetar. Puedo ser su vecina, su enfermera, su ama de llaves. Le veo solo: leeré para usted, le acompañaré en sus paseos, me sentaré junto a usted, le cuidaré, seré sus manos y sus ojos… Aparte ya esa mirada melancólica, querido señor: no volverá a sentirse desamparado mientras yo viva.

Él no contestó. Su rostro expresaba seriedad y abstracción. Suspiró y separó los labios como si fuera a decir algo, pero los cerró de nuevo. Me sentí un poco violenta: quizá me había mostrado demasiado prepotente a la hora de ofrecer mi ayuda y mi compañía. O quizá me había precipitado, saltándome los convencionalismos de forma demasiado brusca, y él, como Saint John juzgaba que mi conducta rozaba el descaro. Le había propuesto todo aquello porque estaba segura de que él deseaba hacerme su esposa y que su petición no tardaría en llegar; me apoyaba en la esperanza —no menos cierta por inexpresada— de que volviera a pedirme en matrimonio. Pero, dado que él seguía encerrado en su mutismo y su semblante se iba ensombreciendo cada vez más, pensé de repente que podría estar absolutamente equivocada y cayendo en el más grande de los ridículos. Por lo tanto, fui soltándome suavemente de sus brazos, pero él no me lo permitió y me estrechó aún con más fuerza.


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