Jane Eyre
Jane Eyre —¿No yaces muerta en el fondo de un foso o arrastrada por la corriente? ¿No eres una desgraciada sirviendo entre extraños?
—No, señor. Ahora soy una mujer independiente.
—¡Independiente! ¿Qué quieres decir con eso, Jane?
—Mi tÃo de Madeira murió y me dejó una herencia de cinco mil libras.
—¡Esto sà que suena práctico! ¡Y real! —exclamó—: No puede ser un sueño. Además, oigo esa voz peculiar, a la vez animada y dulce, que tiene la virtud de alegrarme este corazón marchito, de inyectarle vida… ¡Dime, Jane! ¿Eres una mujer independiente? ¿Una mujer rica?
—Bastante rica, señor. Tengo suficiente dinero como para construirme una casa junto a la suya, en caso de que no me deje vivir con usted. AsÃ, podrÃa venir a mi salón por las tardes, cuando le apetezca tener compañÃa.
—Pero, Jane, ahora que eres rica seguro que tendrás amigos que se preocupan por ti. ¿No les harás sufrir dedicando tu vida a cuidar a un pobre ciego como yo?
—Le he dicho que era independiente además de rica, señor. Soy dueña de mis propios actos.
—¿Y quieres quedarte conmigo?