Jane Eyre
Jane Eyre —Él no es mi marido, ni lo será nunca. Ni me ama, ni yo le amo. Su amor (en la medida en que es capaz de sentirlo) era para una joven y hermosa dama llamada Rosamond, y si querÃa casarse conmigo era porque estaba seguro de que yo serÃa una esposa apropiada para un misionero y ella no. Es un hombre bueno e impresionante, pero severo, y, para mÃ, frÃo como un bloque de hielo. No es como usted, señor. A su lado no era feliz, su presencia me intimidaba. No siente nada por mÃ, ni pasión, ni afecto, ni siquiera el propio de la juventud. Lo único que aprecia es mi disposición mental. ¿Es por él que debo abandonarle, señor?
Me estremecà sin querer, y el escalofrÃo me hizo abrazarme con más fuerza a mi ciego y amado señor. Él sonrió.
—¿Qué me dices, Jane? ¿Es eso verdad? ¿Es esta la verdadera naturaleza de la relación que te une con tu primo?
—Exactamente esta, señor. ¡No tiene por qué sentir celos! Solo querÃa burlarme un poco de usted para que olvidara sus penas: pensé que siempre era mejor la ira que la pesadumbre. Pero si lo que usted desea es mi amor, ya lo tiene: estarÃa orgulloso y satisfecho de ver cuánto le quiero. Mi corazón le pertenece, señor, es suyo y con usted permanecerá aunque el destino nos separe para siempre.