Jane Eyre

Jane Eyre

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Mientras me besaba de nuevo, oscuros pensamientos nublaron su rostro.

—¡Mi vista perdida! ¡Mis fuerzas mutiladas! —murmuró pesaroso.

Traté de consolarle con mis caricias. Sabía lo que estaba pensando y habría deseado hablar por él, pero no me atreví. Distinguí el brillo de una lágrima cayendo por sus mejillas desde los párpados cerrados y el corazón se me partió.

—No soy mejor que el viejo castaño agonizante del huerto de Thornfield —susurró unos minutos después—. ¿Y qué derecho tiene una ruina a obligar que las flores frescas cubran su decadencia?

—Usted no es ninguna ruina, señor, ni un tronco quebrado por un rayo; mantiene el verdor y la lozanía, y las plantas crecerán alrededor de sus raíces, lo quiera o no, porque aprecian su generosa sombra. Y al crecer se enredarán en torno a su tronco, y le darán su aliento a cambio de la fuerza que emana de usted.

La sonrisa que regresó a sus labios me confirmó que había logrado consolarle.

—¿Te refieres a los amigos, Jane? —preguntó.

—Sí, claro, a los amigos —respondí en un tono algo vacilante.

Porque yo hablaba de algo más que amistad, pero no sabía qué otra palabra usar. Él vino en mi ayuda.

—¡Ah, Jane! Pero yo quiero una esposa.


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