Jane Eyre
Jane Eyre —Señor Rochester, si alguna vez en la vida hice una buena obra, si alguna vez tuve un buen pensamiento, si alguna vez recé una oración sincera y libre de culpas, si alguna vez expresé un deseo correcto, ahora estoy obteniendo mi recompensa. Ser su esposa es, para mÃ, convertirme en la mujer más feliz de la tierra.
—¿Disfrutas sacrificándote?
—¡Sacrificándome! ¿Dónde está el sacrificio? Cambio el hambre por el alimento, expectativas por satisfacción… ¿Acaso tener el privilegio de abrazar a quien más quiero en el mundo, de apretar los labios contra los del hombre que amo, y de apoyarme en quién más confÃo, puede considerarse un sacrificio? Si es asÃ, entonces sÃ, disfruto sacrificándome.
—¿Olvidas mis enfermedades, Jane? ¿Ignoras mis carencias?
—Señor, para mà no significan nada. Le amo más ahora que le puedo ser útil, que cuando proclamaba orgulloso su independencia, cuando despreciaba cualquier papel que no fuera el de generoso protector.