Shirley
Shirley El señor Yorke quiso saber si la intervención, la vigilancia y la coacción alimentarían a los que pasaban hambre y darían trabajo a los que lo buscaban y nadie quería contratar. Rechazó la idea de los males inevitables; afirmó que la paciencia pública era un camello sobre cuyo lomo se había cargado ya el último átomo que podía soportar, y que la resistencia se había convertido en un deber. El generalizado espíritu de descontento contra las autoridades constituidas lo veía como el signo más prometedor de los tiempos; admitió que los amos habían sido realmente agraviados, pero sus principales agravios se los había endosado un gobierno «corrupto, vil y sanguinario» (éstos fueron los epítetos que usó). Locos como Pitt, demonios como Castlereagh, idiotas perniciosos como Perceval[32] eran los tiranos, la maldición del país, los destructores de su comercio. Era su caprichosa perseverancia en una guerra injustificable, desesperada y ruinosa, lo que había llevado a la nación a la situación en que se hallaba. Eran sus impuestos monstruosamente opresivos, sus infames «Reales Ordenes» —si había hombres públicos que merecieran ser enjuiciados y ejecutados eran los autores de tales órdenes— los que acogotaban a Inglaterra.