Shirley
Shirley Pero ¿de qué servía hablar?, preguntó. ¿Qué posibilidad había de que se atendiera a la razón en un país gobernado por reyes, sacerdotes y pares, donde el monarca nominal era un lunático y el auténtico gobernante un libertino sin principios, donde se toleraba semejante insulto al sentido común como el de los legisladores hereditarios, donde se soportaba y veneraba a unos farsantes como los obispos y un abuso tan arrogante como el de una Iglesia establecida, mimada e inquisidora, donde se mantenía a un ejército permanente y donde a una multitud de párrocos ociosos con sus paupérrimas familias se les trataba a cuerpo de rey?