Shirley

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El señor Helstone se levantó y, poniéndose su sombrero de teja, señaló a modo de contestación que en el transcurso de su vida había encontrado dos o tres ejemplos de personas que habían mantenido tales sentimientos con gran valentía, en tanto que la salud, la fuerza y la prosperidad habían sido sus aliados; pero, dijo, a todos los hombres les llega un momento en el que «deberían temblar los dueños de la casa, en el que deberían temer lo que está por encima de ellos y el miedo debería estorbarlos», y ese momento era la prueba de los que abogaban por la anarquía y la rebelión, de los enemigos de la religión y el orden. Hacía poco, afirmó, que le habían llamado para que leyera las plegarias que la Iglesia destina a los enfermos junto al miserable lecho de muerte de uno de sus más rencorosos enemigos; se había encontrado con una persona atormentada por los remordimientos, deseosa de descubrir un lugar para el arrepentimiento e incapaz de hallarlo, pese a que lo buscaba afanosamente entre lágrimas. Debía advertir al señor Yorke que la blasfemia contra Dios y el rey era un pecado mortal, y que existía un «juicio final».






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