Shirley
Shirley Martin lo tenía todo bien pensado: había trazado un hábil plan para su divertimento particular, pero intrigantes más viejos y sabios que él están a menudo condenados a ver barridos proyectos mejor hilvanados por la súbita escoba del Destino, esa cruel ama de casa cuyo brazo colérico nadie puede dominar. En el caso presente, esa escoba estaba fabricada con las duras fibras de la terca resolución de Moore, firmemente atadas con el hilo de su voluntad. Empezaba a recobrar la fuerza y a hacer extraños progresos en detrimento de la señora Horsfall. Cada mañana asombraba a la matrona con algo nuevo. Primero, la liberó de sus deberes como ayudante de cámara: se vestiría solo. Después, rechazó el café que le llevaba: desayunaría con la familia. Finalmente, se negó a dejarla entrar en la habitación. El mismo día, en medio de las protestas de todas las mujeres de la casa, salió al aire libre. A la mañana siguiente fue con el señor Yorke a la oficina de contabilidad y solicitó que se enviara a alguien a Redhouse Inn a pedir un tílburi. Estaba decidido, dijo, a regresar al Hollow aquella misma tarde. En lugar de oponerse, el señor Yorke le hizo de cómplice: mandó ir en busca del tílburi, aunque la señora Yorke afirmó que eso sería la muerte de Moore. El tílburi llegó. Moore, parco en palabras, hizo hablar a su bolsa: expresó su gratitud a los sirvientes y a la señora Horsfall con el tintineo de sus monedas. Esta última aprobó y comprendió su lenguaje perfectamente, que reparaba toda contumacia previa; su paciente y ella se despidieron como los mejores amigos del mundo.