Shirley
Shirley Una vez visitada y apaciguada la cocina, Moore se dirigió a la salita: tenÃa que aplacar a la señora Yorke, tarea que no resultarÃa tan fácil como pacificar a sus criadas. Allà estaba ella, sumida en una hosca ira, absortos sus pensamientos en las más sombrÃas especulaciones sobre la profundidad de la ingratitud del hombre. Moore se acercó y se inclinó sobre ella. Ella se vio obligada a alzar la vista, aunque fuera sólo para echarlo. Aún habÃa belleza en los rasgos pálidos y consumidos del joven; habÃa seriedad y una especie de dulzura —pues sonreÃa— en sus ojos hundidos.
—¡Adiós! —dijo y, cuando habló, su sonrisa resplandeció y se difuminó. Ya no tenÃa un dominio férreo sobre sus sentimientos: en su estado de debilidad, cualquier emoción insignificante se hacÃa patente.
—¿Y por qué nos abandona? —preguntó ella—. Nosotros le cuidaremos y haremos todo lo que nos pida, si se queda hasta que esté un poco más fuerte.
—¡Adiós! —repitió él, y añadió—: Ha sido usted como una madre para mÃ. Dele un abrazo a su obstinado hijo.
Como extranjero que era, le ofreció primero una mejilla y luego la otra: ella le dio sendos besos.
—¡Qué trastorno, qué carga he sido para ustedes! —musitó.