Shirley
Shirley —¿En quién más pienso yo? ¿En quién más me atrevo a pensar? Los pobres no deben tener demasiadas simpatÃas; su cerrazón es obligada.
—No, Robert…
—SÃ, Caroline. La pobreza es necesariamente egoÃsta, constreñida, servil, llena de desasosiegos. De vez en cuando, el corazón de un pobre hombre, visitado por el sol y el rocÃo, puede crecer como la vegetación incipiente que ve en ese jardÃn en este dÃa primaveral, puede sentirse preparado para desarrollar su follaje, quizá incluso para florecer, pero no debe alentar ese placentero impulso; debe invocar a la prudencia para dominarlo con ese gélido aliento suyo que es tan cortante como un viento del norte.
—Ninguna casa serÃa feliz entonces.
—Cuando hablo de pobreza, no me refiero tanto a la pobreza natural y habitual de la clase trabajadora, como a la embarazosa penuria del hombre endeudado; el esclavo del trabajo al que me refiero es un comerciante debatiéndose siempre entre estrecheces, agobiado por las preocupaciones.
—Alimenta la esperanza, no la ansiedad. Estás obsesionado con ciertas ideas. Quizá sea presuntuoso por mi parte decir esto, pero tengo la impresión de que andas errado en tus ideas sobre los medios de obtener la felicidad, igual que en… —Segunda vacilación.
—Soy todo oÃdos, Caroline.