Shirley

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Sus relaciones familiares son fáciles de explicar. Era hija de un matrimonio mal avenido que se había separado poco después de su nacimiento. Su madre era hermanastra del padre del señor Moore; así pues —aunque no existía un vínculo de sangre—, en cierto grado distante, era prima de Robert, Louis y Hortense. Su padre era hermano del señor Helstone, un hombre de esos que los amigos no desean recordar cuando la muerte da por zanjadas todas las cuentas terrenales pendientes. Había hecho infeliz a su mujer: las historias que de él se sabían con certeza habían dado un aire de probabilidad a las que circulaban falsamente sobre su hermano, que era hombre de principios. Caroline no había conocido a su madre, dado que la habían separado de ella en su infancia y no había vuelto a verla; su padre había muerto a una edad relativamente temprana y hacía varios años que su tío era su único tutor. Ni la naturaleza ni los hábitos del señor Helstone, como sabemos, lo calificaban para ocuparse de una jovencita: no se había molestado demasiado en educarla; seguramente no se habría molestado en absoluto de no haber sido porque, viéndose descuidada, Caroline se había preocupado por sí misma y había pedido de vez en cuando un poco de atención y los medios para adquirir los conocimientos más indispensables. Aun así, seguía teniendo la deprimente sensación de que era inferior, de que sus conocimientos eran menores de los que solían tener las chicas de su misma edad y condición, y con gran alegría había aprovechado la amable oferta de su prima Hortense, poco después de la llegada de ésta a la fábrica de Hollow, de enseñarle francés y costura. Por su parte, mademoiselle Moore realizaba esta tarea encantada, porque le daba tono; le gustaba tiranizar un poco a una pupila dócil, pero de mente despierta. Tomó a Caroline exactamente por lo que ella misma se consideraba: una chica de educación imperfecta, ignorante incluso, y, cuando descubrió que hacía rápidos y ávidos progresos, no atribuyó esa mejoría al talento ni a la aplicación de la alumna, sino enteramente a su propio método de enseñanza superior. Cuando descubrió que Caroline, que carecía de una disciplina rutinaria, tenía ciertos conocimientos, inconexos pero variados, ese descubrimiento no le causó sorpresa, pues imaginó que la chica había cosechado aquellos tesoros inadvertidamente en el curso de sus conversaciones; lo pensó incluso cuando se vio obligada a admitir que su pupila sabía mucho sobre temas de los que ella sabía poco: la idea no era lógica, pero Hortense la creía a pies juntillas.


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