Shirley
Shirley No le había sido negado el don de la belleza; no era absolutamente necesario conocerla para que a uno le gustara; era lo bastante hermosa para agradar, incluso a primera vista. Tenía una figura acorde con su edad: juvenil, ágil y ligera; todas sus curvas eran finas y todos sus miembros proporcionados; su rostro era expresivo y afable; tenía unos bellos ojos, dotados en ocasiones de una atractiva mirada que llegaba directa al corazón, con un lenguaje que apelaba tiernamente a los afectos. Su boca era encantadora; tenía la piel delicada y una hermosa mata de cabellos castaños que sabía peinar con gusto; los rizos la favorecían y disponía de ellos en pintoresca abundancia. Su manera de vestir proclamaba su buen gusto: estilo discreto, con telas que estaban lejos de ser costosas, pero adecuadas por su color al cutis blanco con el que contrastaban y, por la hechura, a la esbelta figura que envolvían. Su atuendo invernal en aquel momento era de lana merina, del mismo suave tono marrón que sus cabellos; el pequeño cuello se cerraba en torno a su garganta con un lazo rosa sobre una cinta del mismo color; no llevaba ningún otro adorno.
Tal era el aspecto de Caroline Helstone. En cuanto a su carácter o intelecto, si es que los tenía, habrán de hablar por sí mismos a su debido tiempo.