Shirley
Shirley La velada pareció larga a toda la concurrencia. De vez en cuando Caroline dejaba caer el punto sobre el regazo y se entregaba a una suerte de letargo cerebral —cerrando los ojos y bajando la cabeza— causado por el murmullo que la rodeaba y que a ella le parecÃa carente de sentido: el repiqueteo sin gusto ni armonÃa de las teclas del piano; las notas chillonas y entrecortadas de la flauta; la risa y el regocijo de su tÃo y de Hannah y Mary, cuyo origen no conseguÃa adivinar, puesto que no oÃa nada cómico ni alegre en su conversación; y, por encima de todo, los interminables chismorreos que la señora Sykes murmuraba cerca de su oÃdo, chismorreos que abarcaban cuatro temas: la salud de la señora Sykes y de su familia, la cesta del misionero y la del judÃo y el contenido de ambas, la última reunión en Nunnely, y la próxima, que se esperaba para la semana siguiente en Whinbury.