Shirley
Shirley —Una jactancia muy significativa —dijo—, que redunda ampliamente en los méritos de tus queridos amigos de Yorkshire. Pero nada temas por mÃ, Lina: estoy en guardia contra esos compatriotas tuyos que son como corderos; no te inquietes por mÃ.
—¿Cómo evitarlo? Eres mi primo. Si ocurriera algo… —no concluyó la frase.
—No ocurrirá nada, Lina. Usando su propio lenguaje, la Providencia todo lo rige, ¿no es as�
—SÃ, querido Robert. ¡Que ella te guarde!
—Y si las plegarias son eficaces, las tuyas me beneficiarán. ¿Rezas por mà alguna vez?
—Alguna vez no, Robert. No os olvido ni a ti, ni a Louis, ni a Hortense.
—Eso he pensado a menudo. Cuando, cansado e irritado, me acuesto como un pagano, se me ocurre que otro ha pedido perdón por mis acciones del dÃa, y que esté a salvo durante la noche. No creo que semejante piedad indirecta sirva de mucho, pero las súplicas emanan de un corazón sincero, de unos labios inocentes: deberÃan ser tan aceptables como la ofrenda de Abel, y sin duda lo serÃan, si el objeto las mereciera.
—Aniquila esa duda; no tiene fundamento.