Shirley
Shirley —Nos van mal —dijo William—. Estamos todos sin trabajo. He vendido la mayor parte de las cosas de casa, como puede ver, y Dios sabe lo que vamos a hacer ahora.
—¿Te ha echado el señor Moore?
—Nos ha echado, y ahora tengo tal opinión de él que creo que, si volviera a admitirme mañana, no trabajarÃa para él.
—No es propio de ti hablar asÃ, William.
—Ya lo sé, pero ya no soy el mismo: noto que estoy cambiando. No me importarÃa si los niños y la mujer tuvieran suficiente para vivir, pero pasan hambre… pasan hambre…
—Bueno, muchacho, también tú pasas hambre; salta a la vista. Son tiempos difÃciles; veo sufrimiento allá donde voy. William, siéntate; Grace, siéntate. Hablemos.
Y a fin de poder hablar mejor, el señor Hall aupó al más pequeño de los niños sobre su rodilla y colocó una mano sobre la cabeza del que le seguÃa en edad; pero, cuando los pequeños empezaron a parlotearle, les pidió silencio y, clavando los ojos en el hogar, contempló el puñado de ascuas que ardÃan sombrÃamente.