Shirley
Shirley —¡Tiempos tristes! —dijo—, y duran demasiado. Es la voluntad de Dios. ¡Que asà sea! Pero nos pone a prueba y la prueba es realmente extrema. —Una vez más reflexionó—. ¿No tienes dinero, William, y no tienes nada que vender para conseguir una pequeña suma?
—No; he vendido la cómoda y el reloj, y un velador de caoba, y el bonito servicio de té y los utensilios para la chimenea que ella aportó como dote cuando nos casamos.
—Y si alguien os prestara una libra o dos, ¿sabrÃas hacer buen uso de ellas? ¿ConseguirÃas otro medio de ganarte el sustento?
Farren no respondió, pero su mujer dijo rápidamente:
—SÃ, estoy segura de que sÃ, señor. Es un hombre muy apañado, nuestro William. Si tuviera dos o tres libras, podrÃa empezar a hacer de vendedor.
—¿PodrÃas, William?
—Si Dios quiere, podrÃa vender comestibles y cintas e hilo, y lo que pensara que fuera vendible, y al principio podrÃa empezar como buhonero.
—Y, ¿sabe usted, señor? —interpuso Grace—, puede estar seguro de que William no beberÃa ni harÃa el vago ni despilfarrarÃa en modo alguno. Es mi marido y no deberÃa alabarlo, pero le diré que no hay hombre en Inglaterra más sensato ni más honrado que él.