Shirley
Shirley Escasa era la recompensa que recibía en esta vida por su bondad. Muchos de los pobres se acostumbraban de tal modo a sus servicios que difícilmente se los agradecían; los ricos oían que se mencionaban con asombro, pero callaban, avergonzados de la diferencia entre los sacrificios de ella y los suyos propios. Sin embargo, muchas señoras le tenían un enorme respeto, no podían evitarlo; un caballero —sólo uno— le ofrecía su amistad y su total confianza: era el señor Hall, el vicario de Nunnely. Decía, y lo decía de verdad, que la vida de la señorita Ainley estaba más cerca de la vida de Cristo que la de cualquier otro ser humano al que hubiera conocido. No debes creer, lector, que al esbozar el carácter de la señorita Ainley he descrito un producto de la imaginación, no; buscamos el modelo de tales retratos sólo en la vida real.