Shirley
Shirley La señorita Helstone estudió bien el corazón y la cabeza que ahora se le manifestaban. No halló un intelecto superior que pudiera admirar: la solterona era tan sólo razonable, pero descubrió tanta bondad, tanta utilidad, dulzura, paciencia y verdad, que inclinó su propio intelecto ante el de la señorita Ainley como reverencia. ¿Qué era su amor por la naturaleza, qué era su sentido de la belleza, qué eran su emociones, más variadas y fervientes, qué era su mayor profundidad de pensamiento, su más amplia capacidad para comprender, comparados con la excelencia práctica de aquella buena mujer? Durante unos instantes, le parecieron tan sólo formas hermosas de placer egoísta; mentalmente las pisoteó.
Es cierto, seguía lamentando que la vida que hacía feliz a la señorita Ainley no la hiciera feliz a ella: pese a ser pura y activa, en el fondo de su corazón la consideraba profundamente triste porque, a su modo de ver, carecía por completo de amor, era una vida desolada. Sin embargo, era indudable, se decía, que lo único que se necesitaba era el hábito para hacerla practicable y agradable a cualquiera; era despreciable, creía, consumirse sentimentalmente, abrigar penas secretas, recuerdos vanos, permanecer inerte, desperdiciar la juventud en una languidez compungida, hacerse vieja sin hacer nada.
«No puedo quedarme quieta —decidió—: intentaré ser sensata, ya que no puedo ser buena».