Shirley

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Le preguntó entonces a la señorita Ainley si podía ayudarla en algo. La señorita Ainley, alegrándose, le contestó que sí, y le indicó algunas familias pobres de Briarfield a las que sería deseable que visitara; requerida nuevamente, le encomendó, asimismo, alguna que otra tarea para ciertas pobres mujeres que tenían muchos hijos y no sabían usar la aguja.

Caroline volvió a casa, trazó sus planes y resolvió no apartarse de ellos. Se concedió una parte del tiempo para sus diversos estudios y otra parte para hacer cualquier cosa que la señorita Ainley pudiera indicarle; el resto lo dedicaría al ejercicio; no quedaría ni un solo momento para entregarse a pensamientos febriles como los que habían envenenado la tarde del domingo anterior.

Es menester decir, en justicia, que ejecutó sus planes escrupulosamente, con perseverancia. El trabajo fue duro al principio, fue duro incluso al final, pero la ayudó a hacer frente a la angustia y a contenerla: la obligó a mantenerse ocupada; le impidió darle vueltas a la cabeza; y destellos de satisfacción se intercalaron en su vida gris aquí y allá, cada vez que descubría que había hecho el bien, había procurado un placer o mitigado un sufrimiento.


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