Shirley
Shirley No obstante, debo decir la verdad: ese empeño no le deparó ni salud fÃsica ni una paz espiritual continuada; se consumió, se hizo más triste y macilenta; su memoria seguÃa tocando la cantinela de Robert Moore machaconamente: una elegÃa sobre el pasado siguió sonando sin cesar en sus oÃdos; un fúnebre lamento interno la atormentaba. La pesada carga de un espÃritu quebrantado y de unas facultades desvaÃdas, paralizadas, se adueñó lentamente de su pujante juventud. El invierno pareció vencer a su primavera: el suelo de su espÃritu se helaba paulatinamente junto con sus tesoros, camino de un estéril estancamiento.