Shirley
Shirley Era noche cerrada: grises nubes tormentosas apagaban estrellas y luna; grises habrían sido de día, de noche parecían negras. Malone no era un hombre dado a la atenta observación de la Naturaleza, cuyos cambios le pasaban, en su mayor parte, desapercibidos; podía caminar durante kilómetros en un día de abril de lo más variable y no ver en ningún momento el hermoso jugueteo entre la tierra y los cielos, no percibir jamás cuándo un rayo de sol besaba las cimas de las colinas, arrancándoles una clara sonrisa bajo la verde luz, ni cuándo las barría la lluvia, ocultando sus crestas entre la suelta y desordenada cabellera de una nube. Así pues, no se molestó en comparar el cielo tal como aparecía entonces —una bóveda embozada y chorreante, toda negra salvo hacia el este, donde los hornos de las fundiciones de Stilbro arrojaban un resplandor lívido y trémulo en el horizonte— con ese mismo cielo de una noche de helada y sin nubes. No se molestó en preguntarse adonde habían ido planetas y constelaciones, ni en lamentarse por la serenidad «negroazulada» del aire-océano tachonado de esas blancas isletas bajo el que otro océano, de un elemento más denso y pesado, se ondulaba y ocultaba. Se limitó a seguir su camino obstinadamente, inclinándose un poco mientras caminaba y llevando el sombrero en la coronilla, lo cual constituía uno de sus hábitos irlandeses. Avanzaba con dificultad por la carretera empedrada, donde el camino se envanecía del privilegio de tal comodidad; caminaba chapoteando por las roderas llenas de barro, donde el empedrado era sustituido por un lodo blanduzco. No buscaba más que ciertos puntos de referencia: la aguja de la iglesia de Briarfield; más adelante, las luces de Redhouse. Se trataba de una posada y, cuando llegó a ella, el resplandor del fuego a través de una ventana con la cortina a medio correr y la visión de vasos sobre una mesa redonda y de unos juerguistas en un banco de roble estuvo a punto de apartar al coadjutor de su camino. Pensó con afán en un vaso de whisky con agua; en otro lugar habría hecho realidad ese sueño inmediatamente, pero el grupo reunido en aquella cocina estaba formado por feligreses del señor Helstone; todos le conocían. Suspiró y pasó de largo.