Shirley
Shirley La jornada laboral había concluido; la «mano de obra» se había marchado ya; la maquinaria se hallaba en reposo; la fábrica estaba cerrada. Malone rodeó el edificio; en algún lugar de su gran pared lateral ennegrecida halló otro resquicio de luz; llamó a otra puerta, utilizando para tal fin el grueso extremo de su garrote, con el que dio una vigorosa sucesión de golpes. Una llave giró; la puerta se abrió.
—¿Eres Joe Scott? ¿Qué noticias hay de los carros, Joe?
—No… soy yo. Me envía el señor Helstone.
—¡Oh! Señor Malone. —La voz sonó con otra levísima cadencia de decepción al pronunciar ese nombre. Tras unos instantes de pausa, continuó, cortésmente, pero con cierta formalidad—: Pase, señor Malone, se lo ruego. Lamento extraordinariamente que el señor Helstone haya creído necesario molestarle enviándole tan lejos; no había necesidad alguna. Se lo he dicho, y en una noche como ésta… pero entre.