Shirley
Shirley Llegó a una casita blanca —se veÃa que era blanca incluso en medio de aquella densa oscuridad— y llamó a la puerta. La abrió una criada de tez rubicunda; la bujÃa que llevaba iluminó un estrecho pasillo que terminaba en una escalera angosta. Dos puertas tapizadas de bayeta de color carmesà y la alfombra carmesà que cubrÃa la escalera contrastaban con las paredes de color claro y el suelo blanco; daban al pequeño interior un aspecto limpio y fresco.
—El señor Moore está, supongo.
—SÃ, señor, pero no en la casa.
—¡No está en la casa! ¿Dónde está entonces?
—En la fábrica, en la oficina de contabilidad.
En aquel momento se abrió una de las puertas de color carmesÃ.
—¿Han llegado los carros, Sarah? —preguntó una voz femenina, y al mismo tiempo apareció una cabeza de mujer. Puede que no fuera la cabeza de una diosa (de hecho, los papeles de rizar envueltos que llevaba en ambas sienes impedÃan completamente hacer tal suposición), pero tampoco era la cabeza de una Gorgona. Sin embargo, Malone pareció verla bajo esta última forma. Con toda su corpulencia, retrocedió tÃmidamente bajo la lluvia ante aquella visión y, diciendo: «Voy a buscarlo», recorrió presuroso un corto camino, visiblemente turbado, y atravesó un oscuro patio en dirección a una enorme fábrica negra.