Shirley
Shirley —¡Oh, no! Las señoras están mejor solas. Nunca he sido un hombre que andara entre mujeres. ¿No me confundirá usted con mi amigo Sweeting, señor Moore?
—¡Sweeting! ¿Cuál de ellos es? ¿El caballero de la levita de color chocolate o el caballero menudo?
—El menudo, el de Nunnely. El caballero andante de las señoritas Sykes, de las que él está enamorado, de las seis a la vez, ¡ja!, ¡ja!
—En su caso, mejor que esté enamorado de todas en general que de una en particular, creo yo.
—Pero es que está enamorado de una en particular, pues cuando Donne y yo le instamos a que eligiera una entre el grupo de mujeres, nombró… ¿a quién cree usted?
—A Dora, por supuesto, o a Harriet —respondió el señor Moore con una sonrisa extraña y tranquila.
—¡Ja!, ¡ja!, es usted un excelente adivino, pero ¿qué le ha hecho pensar en esas dos?
—Que son las más altas y las más hermosas, y Dora, al menos, es la más corpulenta y, teniendo en cuenta que el señor Sweeting es bajo y de complexión menuda, he deducido que, según una regla frecuente en estos casos, prefirió su contrario.
—Está usted en lo cierto; es Dora. Pero no tiene posibilidades, ¿verdad, Moore?
—¿De qué dispone el señor Sweeting aparte de su coadjutorÃa?