Shirley

Shirley

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—Lo deseo cincuenta veces al día. Tal como estoy ahora, me pregunto a menudo para qué he venido a este mundo. Siento el deseo imperioso de tener algo absorbente que deba hacer por obligación y que ocupe mi cabeza y mis manos, y que llene mis pensamientos.

—¿Puede el trabajo por sí solo hacer feliz a un ser humano?

—No, pero puede procurarle diversidad de sufrimientos e impedir que se nos rompa el corazón por culpa de una única tortura tiránica. Además, el trabajo fructífero tiene sus recompensas; una vida vacía, tediosa, solitaria y sin esperanzas no tiene ninguna.

—Pero el trabajo físico y las profesiones liberales, según dicen, hacen a las mujeres masculinas, groseras y poco femeninas.

—¿Y qué importa que mujeres solteras que jamás se casarán carezcan de atractivo y elegancia? Siempre que sean decentes y limpias, y guarden el decoro, será suficiente. Lo máximo que se debería exigir a las solteronas, en lo tocante a su apariencia, es que no ofendan las miradas de los hombres cuando se los crucen por la calle; en cuanto al resto, deberían permitirles sin demasiado desprecio que sean tan graves, que estén tan concentradas en su trabajo y tengan un aspecto tan vulgar como les plazca.

—Tú misma podrías ser una solterona, Caroline, por la seriedad con la que hablas.


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