Shirley

Shirley

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—Shirley, hombres y mujeres son muy diferentes, se encuentran en posiciones muy diferentes. Las mujeres tienen muy pocas cosas en que pensar y los hombres demasiadas; una mujer puede sentir amistad hacia un hombre, mientras él se muestra casi indiferente. Puede que una gran parte de lo que alegra tu vida dependa de él, mientras que él no tenga sentimiento o interés relacionado contigo que considere importante. Robert tenía la costumbre de ir a Londres, algunas veces para quedarse allí una semana, o una quincena; bien, mientras él estaba fuera, yo sentía su ausencia como un vacío: algo me faltaba, Briarfield era más deprimente. Naturalmente, tenía mis ocupaciones habituales; aun así, lo echaba de menos. Cuando me hallaba sola por la tarde, sentía una extraña certeza, una convicción que no sé describir: que si un mago o un genio me hubieran ofrecido en aquel momento el tubo del príncipe Alí (¿lo recuerdas de Las mil y una noches[87]?), y si, sirviéndome de él, hubiera podido ver a Robert, ver dónde estaba y qué hacía, habría conocido de un modo sobrecogedor cuán amplio era el abismo que se abría entre alguien como él y alguien como yo. Sabía que, por mucho que yo pensara en él, sus pensamientos estaban lejos de mí a todos los efectos.

—Caroline —preguntó la señorita Keeldar bruscamente—, ¿no desearías tener una profesión, un empleo?


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