Shirley
Shirley —No lo sé… sÃ, lo sé: fue obra mÃa, no suya. Ese tipo de cosas eran siempre obra mÃa. Él se iba a Londres, como de costumbre, y la noche de la vÃspera de su partida yo habÃa encontrado un mechón de cabellos negros en el costurero de su hermana, un rizo corto, circular: Hortense me dijo que era un recuerdo de su hermano. Él estaba sentado cerca de la mesa; yo le miré la cabeza: tiene cabellos en abundancia; en las sienes tiene muchos rizos parecidos. Pensé que podÃa darme uno, que me gustarÃa tenerlo, y se lo pedÃ. Él dijo que sÃ, a condición de que pudiera elegir uno de mis bucles; de modo que él se quedó uno de mis largos mechones y yo conseguà uno de sus cortos rizos. Yo guardo el suyo, pero estoy segura de que él ha perdido el mÃo. Fue obra mÃa, una de esas acciones tontas que afligen el corazón y te hacen enrojecer de vergüenza cuando piensas en ellas: uno de esos recuerdos nimios, pero vividos, que regresan a ti para lacerar tu amor propio, como cortaplumas diminutos, y para arrancar de tus labios, cuando estás sola, súbitas e insensatas interjecciones.
—¡Caroline!