Shirley

Shirley

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—Sí, me considero una estúpida, Shirley, en ciertos sentidos; me desprecio a mí misma. Pero he dicho que no te convertiría en mi confesor, pues tú no puedes corresponder con debilidades a mis puntos flacos: tú no eres débil. ¡Con qué firmeza me contemplas ahora! Aparta tus ojos claros y fuertes como los del águila; es un insulto que los claves en mí de esa manera.

—¡Qué estudio del carácter eres! Débil, desde luego, pero no en el sentido en que tú crees. ¡Entre!

Esto último lo dijo en respuesta a unos golpes en la puerta. Casualmente la señorita Keeldar se hallaba cerca en aquel momento, mientras que Caroline estaba al otro lado de la habitación: vio que Shirley recibía una nota y oyó las palabras:

—Del señor Moore, señora.

—Trae velas —dijo la señorita Keeldar.

Caroline aguardó sentada, expectante.

—Un mensaje de negocios —dijo la heredera, pero cuando llegaron las velas, no lo abrió ni lo leyó. Anunciaron la llegada de Fanny, la criada del rector, y la sobrina del rector volvió a casa.


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