Shirley

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CAPÍTULO XIII

NUEVOS MENSAJES DE NEGOCIOS

En la naturaleza de Shirley predominaba en ocasiones una cómoda indolencia: había períodos en los que se deleitaba con una vacuidad absoluta de los ojos y las manos; instantes en que sus pensamientos, su mera existencia, el hecho de que hubiera un mundo a su alrededor y un cielo sobre su cabeza, parecían procurarle una dicha tan plena que no necesitaba mover un dedo para aumentar su felicidad. A menudo, tras una mañana activa, pasaba la luminosa tarde tumbada en la hierba sin hacer nada, al pie de algún árbol de sombra amable: no necesitaba compañía alguna salvo la de Caroline, y le bastaba con tenerla cerca por si quería llamarla; no pedía más espectáculo que el del cielo de un intenso azul y el de las pequeñas nubes que navegaban a lo lejos, en lo alto, por su inmensidad; no pedía más sonido que el zumbido de las abejas y el susurro de las hojas. Su único libro en tales momentos era la borrosa crónica de la memoria o la página sibilina de la adivinación; de sus jóvenes ojos caía sobre cada volumen una luz gloriosa bajo la cual leer; en ciertos instantes asomaba a sus labios una sonrisa que permitía vislumbrar la historia o vaticinio: no era triste, no era sombría. El destino había sido benevolente con la feliz soñadora y prometía favorecerla una vez más. En su pasado había dulces pasajes; en su futuro, esperanzas prometedoras.


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