Shirley
Shirley «Por supuesto, sé que se casará con Shirley», fueron sus primeras palabras cuando se levantó por la mañana. «Y debe casarse con ella: ella puede ayudarlo», añadió con firmeza. «Pero a mí me olvidarán cuando estén casados», fue el cruel pensamiento que siguió. «¡Oh, me olvidarán completamente! ¿Y qué haré, qué haré yo cuando me arrebaten a Robert? ¿Adónde iré? ¡Mi Robert! Ojalá pudiera llamarlo mío con todo derecho, pero yo soy la pobreza y la incapacidad; Shirley es la riqueza y el poder, y también la belleza y el amor, no puedo negarlo. Esto no es un sórdido galanteo: ella lo ama, no con sentimientos inferiores; ama, o amará, como él ha de sentirse orgulloso de ser amado. No vale objeción alguna. Que se casen, pues, pero después yo no seré nada para él. En cuanto a ser su hermana, desprecio todas esas zarandajas. Para un hombre como Robert, o lo soy todo, o no soy nada: no soportaría arrastrar los pies débilmente, ni la hipócrita cortesía. Cuando se hayan unido, los abandonaré sin dudarlo. En cuanto a frecuentar su compañía, haciéndome la hipócrita y fingiendo tranquilos sentimientos de amistad cuando mi alma estará atormentada por otras emociones, no me rebajaré a semejante humillación. Tan lejos de mí está convertirme en una amiga de los dos como en una enemiga mortal; tan lejos de mí está interponerme entre ellos como pisotearlos. Robert es un hombre de primera categoría… a mis ojos: lo he amado, lo amo y debo amarlo. Sería su mujer si pudiera; como no puedo, debo marcharme a donde no lo vea nunca más. No me queda más que una alternativa: aferrarme a él como si fuera una parte de él, o apartarme de él como si fuéramos los polos opuestos de una esfera. Apártame, pues, Providencia. Sepáranos pronto».