Shirley
Shirley Tales aspiraciones cruzaban de nuevo por su cabeza a última hora de la tarde cuando la aparición de una de las personas que la obsesionaban pasó por la ventana del gabinete. La señorita Keeldar caminaba despacio: su paso y su semblante mostraban esa mezcla de melancolÃa e indiferencia que, cuando estaba inactiva, componÃa la acostumbrada naturaleza de su expresión y el carácter de su porte. Animada, la indiferencia desaparecÃa totalmente, la melancolÃa se mezclaba con una alegrÃa vivificante, sazonando risa, sonrisa y mirada con un sabor único a sentimiento, por lo que su risa no semejaba jamás «el crujido de espinos bajo una maceta».
—¿Cómo es que no has venido a verme esta tarde como me habÃas prometido? —interpeló a Caroline en cuanto entró en la habitación.
—No estaba de humor —replicó la señorita Helstone con toda sinceridad.
Shirley habÃa clavado en ella su penetrante mirada.
—No —dijo—, ya veo que no estás de humor para desearme a tu lado; estás en uno de tus estados de ánimo inclementes y sin sol, en que se nota que la presencia de un congénere no te apetece. Tienes estados de ánimo de ese tipo; ¿lo sabes?
—¿Piensas quedarte mucho rato, Shirley?