Shirley
Shirley LA FIESTA ESCOLAR
No esperaba entablar combate ni buscaba enemigos aquella compañía dirigida por sacerdotes y mujeres oficiales; sin embargo, marchaban al son de melodías marciales y —a juzgar por los ojos y el porte de algunos, la señorita Keeldar, por ejemplo— aquellos sones despertaban, si no un espíritu marcial, sí al menos anhelante: El viejo Helstone, que volvió la cabeza por casualidad, la miró a la cara y se rió, y ella se rió de él.
—No hay ninguna batalla en perspectiva —dijo el rector—, nuestro país no nos pide que luchemos por él; ningún enemigo o tirano pone en tela de juicio nuestra libertad ni supone una amenaza para ella; no tenemos ningún objetivo, tan sólo damos un paseo. Sujete bien las riendas, capitán, y apague el fuego de ese espíritu; no se necesita: es una pena.
